sábado, 2 de noviembre de 2013

El reino de No Me Importa

Había una vez un pequeño reino que se llamaba Lolimburgo. El Rey que se llamaba Juan Porquesemeantoja, se casó con una reina llamada Cristina Porquemedalagana. De esa unión nació el príncipe José.

Tanto los reyes como los súbditos hacían lo que se les antojaba cuando tenían ganas y nada les importaba. 
El reino estaba muy sucio ya que todos sus habitantes arrojaban la basura a la calle porque les daba la gana. Era difícil caminar por las veredas entre restos de comida y cachivaches pero a nadie le importaba.
 
Los habitantes se bañaban cuando se les antojaba, pero como a nadie le importaba, estaban todos roñosos y con muy mal olor. Y además por eso siempre estaban enfermos. 

En la escuela, los alumnos asistían a las clases sólo cuando tenían ganas y estudiaban sólo si se les antojaba, y como a la directora y a las maestras no les importaba, los alumnos eran burros e ignorantes. 

Los comerciantes atendían cuando les daba la gana y vendían lo que se les antojaba. Si alguien quería comprar patatas y ellos no tenían ganas de venderlas, la gente tenía que comprar mandarinas o lo que encontraran. 

Los súbditos de Lolimburgo dormían cuando les daba la gana, a veces de noche y a veces de día, y comían cuando se les antojaba. Desayunaban por la noche y cenaban al mediodía y no les importaba. 

O sea que el Reino de Lolimburgo era un desastre. 

Cuando el Príncipe José creció, se enamoró de la princesa Beatriz Simeimporta del reino de Merymburgo. 

Beatriz era una joven muy hermosa con larga cabellera dorada, y a ella todo le importaba. Le importaba el orden y la limpieza. Le importaba la cultura y la educación de su pueblo. Si quería comer patatas pretendía que le vendieran patatas. Beatriz tenía muchos pretendientes que deseaban enamorarla ofreciéndole costosos regalos. 

El príncipe José sabía que iba a ser imposible conquistarla ofreciéndole el Reino de Lolimburgo, un reino sucio y desordenado y decidió pedirle ayuda a Beatriz para cambiar las horribles costumbres de sus súbditos. 

Como Beatriz era muy inteligente decidió ayudarlo. Le propuso que dictara leyes muy estrictas y penas para los que no las cumplieran.

Horarios estrictos en las escuelas. A las que los niños estaban obligados a asistir, limpios y con las tareas y los útiles ordenados. En caso contrario los padres serían severamente sancionados. La basura debía colocarse en basureros, nada de arrojar residuos a la vereda. Donde antes había basura, debían plantar árboles y flores. 

Horarios estrictos para comerciantes y trabajadores, para que no durmieran cuando debían trabajar y no trabajaran cuando debían dormir. 

Los comerciantes debían abrir en horarios estipulados y vender lo que se les pedía y no lo que les daba la gana. 

Al principio le costó mucho adaptar a los habitantes a las nuevas normas de urbanidad, pero pronto todos vieron las ventajas de las mismas. 

Gracias a la limpieza había menos enfermedades, las calles ahora tenían flores en lugar de basura y todos disfrutaron con los cambios. 

Los niños aprendieron a leer rápidamente. 

Los comerciantes ganaron mucho dinero vendiendo más y mejor complaciendo a su clientela. Todos los súbditos de Lolimburgo estaban felices.

El único que no era completamente feliz era José. Seguía enamorado de Beatriz. Ahora que tenía un hermoso reino para ofrecerle, decidió pedir su mano. 

Beatriz Simeimporta, esperaba que llegara ese momento, le enamoraron los ojos azules de José y sus deseos de progreso para su pueblo. No tardó en decirle que sí. 

Se casaron en la Plaza de Lolimburgo, en presencia de todos los habitantes, que celebraron la boda con una fiesta que duró siete días. 

José y Beatriz tuvieron seis hijos de ojos azules y vivieron muy felices.




FIN

La ranita verde

Alicia y Juanito fueron al bosque con sus papás para pasar un día de juegos en el campo, cuando terminaron de comer y recoger sus papás decidieron irse a dormir la siesta.
Ellos fueron a dar un paseo hasta una charca donde se encontraron una ranita q estaba muy triste y no podía croar.
 
Los dos niños con tristeza, le preguntaron:
- ¿Qué te pasa? ¿Por qué no puedes croar?
Llorando, la ranita les dijo:
- Los hombres no se portan bien, vienen a pasar los días al campo y dejan todo muy sucio. Me corté en una patita con un bote que estaba en el río y me duele mucho.
De repente, a la rana se le iluminaron los ojos:
- ¡Tengo una idea y vosotros podéis ayudarme!.
- ¿Cómo? le preguntaron los niños.
Entonces la ranita les dijo:
- Contádselo a vuestros compañeros y decir en el cole que cuando vuelvan al campo no tiren basura y digan a sus papás que cuiden los ríos y los campos para que cuando vosotros seais papás y mamás, tengais la ocasión de enseñar a las ranitas sin cortes en sus patitas.
Alicia y Juanito dicidieron volver con sus padres para contarles lo que les había pasado y por el camino, fueron recogiendo todos lo botes que se encontraron para que ninguna ranita volviera a cortarse y así siempre pudiese seguir croando.





Cuento de Ana María Piris.

Rapunzel

Rapunzel
Había una vez una pareja que desde hacía mucho tiempo deseaba tener hijos. Aunque la espera fue larga, por fin, sus sueños se hicieron realidad.
La futura madre miraba por la ventana las lechugas del huerto vecino. Se le hacía agua la boca nada más de pensar lo maravilloso que sería poder comerse una de esas lechugas.
Sin embargo, el huerto le pertenecía a una bruja y por eso nadie se atrevía a entrar en él. Pronto, la mujer ya no pensaba más que en esas lechugas, y por no querer comer otra cosa empezó a enfermarse. Su esposo, preocupado, resolvió entrar a escondidas en el huerto cuando cayera la noche, para coger algunas lechugas.
La mujer se las comió todas, pero en vez de calmar su antojo, lo empeoró. Entonces, el esposo regresó a la huerta. Esa noche, la bruja lo descubrió.
-¿Cómo te atreves a robar mis lechugas? -chilló.
Aterrorizado, el hombre le explicó a la bruja que todo se debía a los antojos de su mujer.
-Puedes llevarte las lechugas que quieras -dijo la bruja -, pero a cambio tendrás que darme al bebé cuando nazca.
El pobre hombre no tuvo más remedio que aceptar. Tan pronto nació, la bruja se llevó a la hermosa niña. La llamó Rapunzel. La belleza de Rapunzel aumentaba día a día. La bruja resolvió entonces esconderla para que nadie más pudiera admirarla. Cuando Rapunzel llegó a la edad de los doce años, la bruja se la llevó a lo más profundo del bosque y la encerró en una torre sin puertas ni escaleras, para que no se pudiera escapar. Cuando la bruja iba a visitarla, le decía desde abajo:
-Rapunzel, tu trenza deja caer.
La niña dejaba caer por la ventana su larga trenza rubia y la bruja subía. Al cabo de unos años, el destino quiso que un príncipe pasara por el bosque y escuchara la voz melodiosa de Rapunzel, que cantaba para pasar las horas. El príncipe se sintió atraído por la hermosa voz y quiso saber de dónde provenía. Finalmente halló la torre, pero no logró encontrar ninguna puerta para entrar. El príncipe quedó prendado de aquella voz. Iba al bosque tantas veces como le era posible. Por las noches, regresaba a su castillo con el corazón destrozado, sin haber encontrado la manera de entrar. Un buen día, vio que una bruja se acercaba a la torre y llamaba a la muchacha.
-Rapunzel, tu trenza deja caer.
El príncipe observó sorprendido. Entonces comprendió que aquella era la manera de llegar hasta la muchacha de la hermosa voz. Tan pronto se fue la bruja, el príncipe se acercó a la torre y repitió las mismas palabras:
-Rapunzel, tu trenza deja caer.
La muchacha dejó caer la trenza y el príncipe subió. Rapunzel tuvo miedo al principio, pues jamás había visto a un hombre. Sin embargo, el príncipe le explicó con toda dulzura cómo se había sentido atraído por su hermosa voz. Luego le pidió que se casara con él. Sin dudarlo un instante, Rapunzel aceptó. En vista de que Rapunzel no tenía forma de salir de la torre, el príncipe le prometió llevarle un ovillo de seda cada vez que fuera a visitarla. Así, podría tejer una escalera y escapar. Para que la bruja no sospechara nada, el príncipe iba a visitar a su amada por las noches. Sin embargo, un día Rapunzel le dijo a la bruja sin pensar:
-Tú eres mucho más pesada que el príncipe.
-¡Me has estado engañando! -chilló la bruja enfurecida y cortó la trenza de la muchacha.
Con un hechizo la bruja envió a Rapunzel a una tierra apartada e inhóspita. Luego, ató la trenza a un garfio junto a la ventana y esperó la llegada del príncipe. Cuando éste llegó, comprendió que había caído en una trampa.
-Tu preciosa ave cantora ya no está -dijo la bruja con voz chillona -, ¡y no volverás a verla nunca más!
Transido de dolor, el príncipe saltó por la ventana de la torre. Por fortuna, sobrevivió pues cayó en una enredadera de espinas. Por desgracia, las espinas le hirieron los ojos y el desventurado príncipe quedó ciego.
¿Cómo buscaría ahora a Rapunzel?
Durante muchos meses, el príncipe vagó por los bosques, sin parar de llorar. A todo aquel que se cruzaba por su camino le preguntaba si había visto a una muchacha muy hermosa llamada Rapunzel. Nadie le daba razón.
Cierto día, ya casi a punto de perder las esperanzas, el príncipe escuchó a lo lejos una canción triste pero muy hermosa. Reconoció la voz de inmediato y se dirigió hacia el lugar de donde provenía, llamando a Rapunzel.
Al verlo, Rapunzel corrió a abrazar a su amado. Lágrimas de felicidad cayeron en los ojos del príncipe. De repente, algo extraordinario sucedió:
¡El príncipe recuperó la vista!
El príncipe y Rapunzel lograron encontrar el camino de regreso hacia el reino. Se casaron poco tiempo después y fueron una pareja muy feliz.

La princesa y el sapo.


Ricitos de oro

En un bosque muy lejano, vivía hace mucho tiempo, una familia de osos en una preciosa y espaciosa casa. Un buen día, cuando todo estaba listo para desayunar, la mamá osa se dio cuenta de que la leche se había calentado demasiado. Para no aburrirse esperando a que se enfriase, salieron a dar un agradable paseo por los alrededores del bosque.

Mientras los osos disfrutaban del aire puro, una niña de pelo rubio y rizado llamada Ricitos de Oro, que había salido a recolectar flores para su hogar, se encontró con una casa muy bonita, de la que salía un apetitoso olor a pan recién tostado. Como tenía mucha hambre y no vio a nadie por el lugar, se introdujo en la casa para coger algo de comer.

Una vez dentro, descubrió 3 cuencos de diferentes tamaños, llenos de deliciosa leche. Primero, atacó al tazón más grande, pero la leche estaba casi ardiendo. Después probó el mediano, pero tampoco le gustó porque la leche estaba helada, pasándose al más pequeñín, que sorpresivamente tenía la temperatura adecuada.

Saciada su hambre, se dirigió hasta la habitación contigua para seguir curioseando. Allí, se encontró 3 sillas diferentes, que no pudo dejar de probar. La más grande era demasiado incómoda, la mediana era demasiado alta y la pequeña, al igual que el caso anterior, la ideal para ella. Desgraciadamente, no estaba preparada para aguantar su peso y se rompió a los pocos minutos.

Agotada ante tanto ajetreo, buscó un en el piso de arriba la habitación de los osos para descansar. Otra vez tuvo que probar las tres camas con las que se encontró, quedándose dormida en la más pequeña, que era la que más se parecía a la suya.

Un rato después, los osos volvieron del paseo, encontrándose con que alguien o algo habían entrado en su casa.

-Alguien ha probado mi leche-dijo el padre enfadado-.

-La mía también la probaron-dijo mama osa-

-Se bebieron toda mi leche-dijo muy triste el osito-

Acto seguido, pasaron a la siguiente habitación, en la que se volvió a repetir la misma situación.
-Alguien se ha sentado en nuestras sillas-dijeron los padres osos al unísono-

-Mi silla está rota-exclamo el osito con lágrimas en los ojos-.

Sin encontrar una explicación a todo aquello, subieron hasta su habitación, en la que descubrieron a la causante de todas estas desgracias, Ricitos de Oro, a la que la presencia de los osos dio tanto miedo, que se escapó como pudo de la casa y jamás se volvió a colar en ningún lugar sin permiso.

El patito feo.


Bosque de hadas

Érase una vez un bosque de hadas, cada hada era especial en algo el hada de la alegría , la de las flores ,la de la luz y muchas mas como cada final año las tres diosas de la naturaleza se reunían para dar el premio al hada que más haya hecho en todo el año por la naturaleza el premio era un deseo que no sea de maldad las hadas hablaban entre ellas el hada de la música que era ella porque quien iba a poner el sonido al bosque pero el hada de la luz no opinaba lo mismo que quien iba a encender el bosque, pero el hada del cielo opinaba que quien iba a cambiar de noche a día, pero el hada del agua decía a la vez pero quien iba a llenar ríos, lagos y lagunas, las hadas discutían y discutían hasta que llego el día en que las tres diosas de la naturaleza bajaban desde lo mas alto del cielo para dar el premio a el hada que haya hecho mas por el bosque en todo el año pero antes de dar el premio dijeron que ningunas de las hadas había hecho nada por la naturaleza todas se quedaron pensativas pensando que querían decir tras un momento de silencio dijeron que el premio lo merecían todas porque el bosque no podía estar sin luz, ni sin agua, ni sonido, ni todas las cosas de las que aporta cada una de las hadas así que se tendrían que poner todas de acuerdo para pedir un deseo y el deseo que pidieron fue que el bosque siempre esté bien y no le pase nada le cumplieron el deseo y se marcharon y no discutieron más que quien era más importante porque se dieron cuenta de que eran todas y vivieron felices para siempre.